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martes, 23 de junio de 2015

Las Malvinas de museo (ayer y hoy) en el IWM

Uno de los hitos londinenses que, sin duda, vale la pena visitar es el Imperial War Museum (Museo Imperial de Guerra, estación Lambeth North del subte). Al menos en su edificio principal -pues creo que hay más sectores que dejé sin visitar- se hace un recorrido por la historia bélica desde la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días, por supuesto centrándose en los hechos protagonizados por Gran Bretaña. En el lugar pueden encontrarse jeeps de los conflictos de la Segunda Guerra en África, tanques de la ONU de la situación en Chipre, trozos del World Trade Center, armas y recursos de espías, entre otras muchas cosas que incluyen obras de arte (como la que muestra el cuerpo carbonizado en alusión a la bomba atómica). El estado del IWM es impecable, las exposiciones (como las de los espías y las del holocausto) son ilustrativas y modernas y la entrada, como no podía ser de otra manera, es gratuita. 
Precaria camilla de campaña del ejército argentino durante la guerra de Malvinas. 
Pero de entre todas las guerras que recorrí en el museo, le presté particular atención a aquella que, lamentablemente, nos tuvo como protagonistas a los argentinos y a los británicos: el breve pero desolador conflicto bélico de las Islas Malvinas. Justamente fue por estas crudas fechas de junio cuando se produce el desenlace de la guerra. Me explayaré un poco más sobre cuáles son los planteos por parte del Museo Imperial de Guerra al respecto. 
Títere británico de la Thatcher
El museo pone el énfasis en tres puntos principales: en primer lugar, la precariedad de los recursos argentinos; segundo, el rol de Margaret Thatcher; tercero, en una mirada contemporánea, la posición actual del gobierno encabezado por la presidente Fernández. En cuanto a la primera cuestión, ya se ha hablado mucho en nuestros medios y en el arte. En lo personal, permanecen inscriptas en mi mente las descripciones que muestra Fogwill en Los pichiciegos. Sobre la Thatcher siempre hay algo que decir. Es peculiar que, en las casas del Parlamento se hallen presentes las estatuas de cuatro primeros ministros británicos, su adusta figura entre ellas. Como ya sabemos, Maggie era una conservadora y reprimía severamente a los trabajadores cuando le hacían huelgas, pues al parecer no estaba llevando bien su mandato, seriamente impopular, hasta que la guerra de Malvinas la catapulta hasta un segundo período. Sí, la guerra es un negocio para muchos. Por eso también en el Reino Unido se la antes más como a una astuta víbora que como a una gran estadista. Aunque, evidentemente, supo manejar las cuestiones de Estado para la continuidad de un gobierno convenientemente conservador. En este sentido, cuando vemos que los mismos británicos se mofan de ella, podemos vislumbrar igualmente esa caracterización de ella como a un personaje bifronte o -sin más- nefasto. 
Punto y aparte para el tercer tópico. Con la frente alta, debo decir que me enorgullece vivir en un país profundamente pacifista. Desde que la actual línea de gobierno ha decidido irse apartando de los países más belicistas en términos económicos, ello ha resultado en un distanciamiento de los mismos respecto de su política exterior. Colaborando con la ONU (por ejemplo, en Haití, aunque quepa discutir mucho aquí del rol de esta organización) y reclamando la liberación de nuestras islas por medios exclusivamente diplomáticos, la Argentina es hoy el ejemplo de la paz que todos buscamos -esperemos que el esfuerzo de todos nos haga también encontrarla también internamente. Sin embargo, los británicos y su sensacionalismo (con el famoso The Sun a la cabeza) aun provocan el odio y quieren ver ese odio reflejado en nuestra patria, como si acaso se persiguiera la reacción violenta. Y cómo habría de ser de otra manera, que frente a una ocupación violenta, se reaccione con más agresión. Afortunadamente, los argentinos hemos aprendido, y los gobiernos -que a veces se escinden demasiado del pueblo o se confunden con él de modo inapropiado- parecen no querer retroceder en un doble sentido: no volveremos a propiciar una guerra, pero tampoco cederemos un ápice de lo que nos corresponde. La propuesta del Museo Imperial de Guerra de Londres aparece exactamente en esos términos, "nadie cede". Quizá -mea culpa- sea un término más combativo y a veces altamente estúpido, porque parecería que ceder no es resolver, sino perder o ganar. Deberíamos no darle espacio a esta posición dicotómica y abrirle el juego a la comprensión y al entendimiento, conceptos que permiten una real superación, y por muy anticuado que aparente ser el término, sólo el diálogo nos puede imbuir de ellos.





miércoles, 17 de junio de 2015

THE IMITATION GAME

[6/10]
¿Qué significa que una película tenga "interés histórico"? A mi entender, no se trata de la curiosidad sobre los momentos pasados. Es cierto, eso añade cierta diversión cuando uno se pone a ver el film. Pero la historia juega un papel más importante en el cine cuando tiene un significativo valor que puede hacer mella en el presente. No veo que existan planteos en esta dirección en The Imitation Game. Sin embargo, la obra pretende discutir o, mejor dicho, destacar ciertos debates de tipo moral, a saber, la orientación sexual y la ética bélica. Debemos al guión y al director Morten Tyldum la explicitación de estos tópicos, pero, a decir verdad, ambos aparecen separados de un modo algo innatural al devenir dramático del argumento. Me refiero a un tipo de películas que, más bien, quieren poder simplemente contar una historia (basada en un hecho verídico), y no se enfocan en constituirse en piezas de un impacto sólido. 
Nos encontramos en el Reino Unido a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de expertos matemáticos son contratados para secretamente descifrar el código que encerraban los mensajes con los que los alemanes se comunicaban cifrados en una máquina llamada Enigma. Alan Turing (Benedict Cumberbatch, casi tan Sherlock como siempre), un solitario genio de los códigos, se une al grupo en esa misión Top Secret. En este proyecto intervendrá -de alguna manera que no revelaremos- una mujer, a quien interpreta Keira Knightley.  
Justamente la sexualidad aparece, aunque no por única vez, cuando el film trata el rol de la mujer en los trabajos relacionados con las ciencias duras, además de estar mezclado con el ejército. Los británicos reconocen el papel de las mujeres en la guerra (como vemos en el monumento dedicado a ellas en Westminster), pero Tyldum prefiere exponer la parte más pacata de la sociedad de la época, cerrada en cuanto a las libertades sexuales en general, esto es, muestra de una sociedad que hoy llamaríamos netamente heteronormativa. Afortunadamente -como dijimos- el tema no se detiene en la práctica laboral femenina, sino que prosigue hacia otros aspectos que le dan variedad al desarrollo argumental. 
No obstante, la profundidad del polémico temario de The Imitation Game está eclipsada con simples situaciones caracterizadas de un modo ya trillado. El militar que cree en la efectividad, los galanes de los treinta, y la conclusión final que roza el tema del heroísmo bélico. Esto último nos trae a la cuestión de la ética en la guerra que mencionamos. La posición que enseña la película es que puede haber una ética bélica. Claro que habría una moral y que sólo atinamos a conformar una ética cuando las situaciones son extremas y parecen requerir de una. En suma, esa obligación de transformar la moral en ética a la que nos enfrentan los conflictos armados es, en cierto sentido, una ética a martillazos, que en realidad parece ser uno de los pocos y lamentables modos en los que los hombres la construimos. 
En términos generales, The Imitation Game aporta un mensaje bastante de modé, por no decir retrógrado, ya que se pueden alcanzar más conclusiones que las llanas opiniones que critican la moral sexual de la década del 30 y, lo que es peor, que parecen avalar su moral bélica. Entonces, interés histórico, no; ¿curiosidad? Si a ustedes se las despierta...


Hernán Manzi Leites

Foto: Original de una máquina Enigma. Imperial War Museum, Londres.