lunes, 1 de septiembre de 2008

LA PRÓXIMA ESTACIÓN

(Puntaje: 8)


Casi todos los documentales se lanzan con intención de introducirse en discusiones actuales. Sin embargo, pocos alcanzan una repercusión considerable, debido principalmente a su escasa difusión en salas y a los mitos que los rodean y provocan el desinterés en los mismos -aclaro de antemano que esta obra de Solanas no aburre en absoluto-. No es sin razón que insisto en que el cine de ficción es un arma que puede ser bien utilizada con fines "activistas", pues suele atraer al público que no asiste a las salas que proyectan documentales. Y muchas veces los que menos necesitan despertarse sobre las cuestiones que estos últimos plantean son los espectadores que finalmente los reciben: los que van a las salas de cine arte. Esto sin contar que, además, el público más interesante podría ser aquel que ni siquiera puede pagar la entrada.
Los documentalistas en general son conscientes de todo esto y Pino Solanas es uno de ellos. Por eso nos encomendó a los "críticos" la difusión de su más reciente filme, La próxima estación. De todos modos, creo que los documentales de Pino Solanas corren con una ventaja respecto al resto de los documentales debido a la presencia mediática del director (también en listas electorales, con gran apoyo de los jóvenes) y al diálogo con temas netamente polémicos y accesibles al sentido común de un cualquier lector de diario, televidente o radioescucha. O mejor, de cualquier argentino. Por otra parte, los tres documentales que anteceden esta cuarta entrega (Memoria del saqueo, La dignidad de los nadies y Argentina latente), que culminará en pentalogía con una película que versará sobre la propiedad de la tierra, fueron exhibidos en televisión por Encuentro y en el canal 7.

Específicamente, La próxima estación cuenta la historia en clave crítica de los trenes en la Argentina. En este sentido, cabe desglosar teleológicamente la película en dos partes al que el tagline alude, "historia y recontrucción de los ferrocarriles". La propuesta ya está dicha: reconstruir el tren, aquello que fue destruido, según la historia, que Pino propone, nos relata. A su vez, podemos decir que la problemática es vista desde el punto de vista de la "estafa" y desde aquel tema sarmientino de la relación entre identidad/unidad nacional y comunicación. Al respecto, la dinámica entre lo público y lo privado guiará el planteo todo; tenemos que recuperar lo que es nuestro y se nos ha quitado.
Donde lo público y lo privado se unen o donde, mejor dicho, lo privado es disfrazado de lo público, es en el Estado y los gobiernos que sustentan negociados para favorecer intereses particulares en detrimento del pueblo. "Pueblo" es un concepto que tampoco debe ser tomado inocentemente en el cine de Solanas. Su estrategia es sin duda eliminar las facciones y unificar al pueblo como entidad que ha de ser agente del cambio. Esta posición es sin duda criticable en cuanto elimina las diferencias existentes entre diversos grupos que no toman la misma postura frente a un hecho (no se habla de partidos políticos, sólo del peronismo, que es un movimiento y no estrictamente un partido, en la época de Perón), aunque se comprende que esto sea así en vistas al proyecto, la reconstrucción del ferrocarril, en la que todos debemos participar. Tampoco debemos ser ingenuos y creer que los objetivos electorales de Pino aquí no aparecen, ni creer que los grupos no existen. Los ferroviarios se presentan como un grupo sólidamente unido y hasta casi "neutral", cuando definitivamente no es así. Pero todo sea por la claridad y por la unión del pueblo (¿en las urnas?).
Por otra parte, el hecho de presentar al "pueblo" como entidad total es metáfora de lo que el tren significa, no tanto como metáfora sino fácticamente, es decir, la unión de la Argentina. La desaparición del ferrocarril produjo no sólo la incomunicación de los pueblos del interior sino el obligado exilio de sus pobladores a los grandes centros urbanos, provocando el clásico "efecto embudo", reforzado por la política macrocefálica de la nación exportadora con epicentro en el puerto de Buenos Aires, y el colapso del transporte público en general, al cual Pino en su planteo pretende extenderse.
En tanto su perspectiva histórica, desde su mirada positiva al gobierno de Perón, la drestrucción de su proyecto por la Revolución Libertadora y luego la "traición" de Frondizi, Solanas saltea rápidamente los sucesivos gobiernos militares, continuadores del proyecto destructivo extranjerizante, al gobierno de Menem. La etapa neoliberal resulta de lo más nociva para los ferrocarriles nacionales y el director sostiene que esta política continúa con la era de los Kirchner, siendo el tren bala un ejemplo de ello.

En suma, el proyecto político de Pino está claro, pero no por ello el documental deja de ser un arduo trabajo de investigación (incluye entrevistas, documentos, cifras, etc.) que resulta útil para la toma de conciencia de nuestra situación actual como argentinos. Sin embargo, es difícil afirmar que no se trata de una obra de "denuncia", ya que la respuesta a "qué hacer" no está explicitada (¿votamos a Pino?), aunque una propuesta efectivamente exista (reconstruir el ferrocarril para todos). Empero, creo que "tomar conciencia" es ya una actitud tendiente a la acción, aunque algunos dudarían que la perspectiva no clasista tomada por la película pueda derivar en una praxis real. Quizá esto tenga que ver con las intenciones eleccionarias del director Fernando Solanas de acaparar más votos -de un grupo no autoconsciente de su clase-, lo cual resta cierto interés en términos de movilización popular, pero sin duda no en términos tendientes a la divlugación del filme. Y por ahora, creo que los documentales deben apuntar, en primera instancia, a captar más público. Y, por cierto, que los trenes han de ser recuperados, a nadie que vea esta obra o que utilice el transporte público puede caberle duda alguna. Y esto implica mucho más que mejorar el transporte público.

Hernán A. Manzi Leites

sábado, 23 de agosto de 2008

LARS Y LA CHICA REAL

(Puntaje: 8)

Por fin la comedia vuelve a remontar vuelo, y esta vez no es la recalcitrante "nueva comedia americana", sino una película seria, original, novedosa, profunda y con cierto toque "clásico" del significado de la comedia. Claro que no podemos pretender que Lars y la chica real sea un filme real en tanto sus personajes reflejan el contenido que la obra intenta explicitar, sirviendo quizá exclusivamente a este fin. Pero aquí no tenemos por qué fijarnos en la posibilidad del argumento sino en la objetivación, literalmente, de los problemas que son planteados.
En un momento pensé en no decirlo, pero la publicidad hace obvio que el protagonista, Lars, comienza a entablar una relación con una chica cuyo cuerpo es, a lo Soda Stereo, de látex. Su soledad comienza pues a desaparecer y de allí cambiará su relación con el mundo, que incluye a sus vecinos Gus (su hermano) y su mujer embarazada.
Bianca, la afortunada que descongeló el corazón de Lars, tiene una dura historia a sus espaldas. Por ejemplo, es paralítica. Digo esto como opción de lectura para esta película que une varios tópicos, uno central, por lo visible, el fetichismo (nada de látigos, de todos modos) y otros paralelos, la discapacidad, la soledad, la ética cristiana, internet. Todo puede llegar a derivar en la obviedad absoluta, incluso en términos de la concatenación de los hechos, pero no opacan el brillo de las actuaciones y la audacia de la propuesta.
Quiero ser esta vez de pocas palabras. Podría brindar un análisis del filme y así enriquecería estas oraciones algo huecas, aunque le quitaría gran parte de la riqueza que el espectador puede extraer de la obra. Por esto, callaré y simplemente recomendaré (no quiero prometer el análisis para no caer en falta). Sólo sepan, amantes de la psicología y la filosofía, que Lars y la chica real será un filme de esos que se prestan para exponer cuestiones y discutir... no, no, no sólo para los púberes.

Hernán A. Manzi Leites

jueves, 14 de agosto de 2008

LA SOLEDAD

(Puntaje: 7)

Hay veces en que los recursos cinematográficos disponibles y el anhelo de grandeza pueden arruinar a un filme. No es el caso de La Soledad, que se ha hecho "famosa" por utilizar la técnica de la polivisión, es decir, dividir la pantalla en dos y mostrar cosas distintas. Muchas veces, el espacio está dividido dentro del mismo sitio donde la escena se despliega, conformando, en realidad, una escena sola. Por ejemplo, en un mismo departamento, vemos a una mujer yendo a buscar la ropa al ténder y doblándola en el dormitorio, dormitorio y ténder, cada uno en su fragmento de pantalla. Además, la polivisión es usada para situarnos en lugares radicalmente distintos (el pueblo y la ciudad). Sin embargo, mismo "lugar" o distinto, la polivisión divide nuestra mirada y ayuda, en el caso de esta obra del español Jaime Rosales, a identificarnos con la posición del personaje, dándole vida a situaciones cotidianas, o, más bien, como creo que tuvo origen la utilización de este recurso aquí, para resaltar el concepto indudablemente principal del filme: la soledad.

La soledad es la soledad de más de dos mujeres, aunque el tagline de la película hable de la historia de estas dos damas, una con cáncer y la otra víctima de un atentado. Resulta imposible dentro del filme, y esto es una virtud en favor de la claridad conceptual, decir que uno puede estar solo sin estar rodeado por otros seres humanos. La "soledad" es aquí la soledad del solipsismo y no aquella del ermitaño. Por ende, el problema es el de la comunicabilidad de los sentimientos y vivencias propias -si bien el "escape" del ermitaño puede resultar un efecto de esta impenetrabildad yoica.
Hay que hacer notar también una de las actitudes positivas que tuvo Rosales, y es a la que me referí con la negativa a caer en un proyecto megalómano, como vendría a ser hacer de la experiencia del atentado que sufre Adela (Sonia Almarcha) una crítica al accionar de la ETA y sus derivaciones hacia quién vaya a saber dónde. Sin embargo, el alcance del atentado cobra todo su sentido en este relato de Adela, pequeño, como el resto de las mini historias de la familia de Antonia (Petra Martínez) y sus tres hijas, Inés (Miriam Correa), Nieves (Nuria Mencía) y Helena (María Bazán). Todo esto gracias a la humildad que nos conmueve y provoca la identificación del espectador con los personajes sin grandilocuencias, que algunos críticos han dicho detectar, pero creo que sólo puedo ocurrir esto si, precisamente, se mira a La soledad como una historia "grande".
Claro que es difícil que la suavidad del tratamiento sumado a la complejidad de los tópicos tratados, funcionando bien como incluso funcionan, logre que la película alcance niveles de penetración temáticos demasiado altos. Empero, Jaime Rosales (quién consiguió varios premios, entre ellos el Goya a mejor director y mejor película) fue habilidoso y supo plantear cuestiones que atañen a la tan conflictuada España de hoy -como siempre- y a la industria cinematográfica, con esta aventura -no nueva, aclaro- de la polivisión en una historia que acerca universos lejanos en tanto (auto)conciencia a la cotidianidad de nuestras relaciones familiares y humanas, como tomarnos un colectivo o atender a alguien cercano que sufre.

Hernán A. Manzi Leites

lunes, 11 de agosto de 2008

UN NOVIO PARA MI MUJER

(Puntaje: 5)

Por este tipo de películas se menosprecia al género de la comedia romántica. Juan Taratuto dirige aquí a Adrián Suar, Valeria Bertuccelli y Gabriel Goity y los combina en una aleación sencillísima, demasiado simple, de amor, humor y conflicto. El amor y el humor están en todas las comedias románticas. El problema de Un novio para mi mujer es que la empatía del espectador con los personajes se produce por la previsibilidad del argumento y su magro contenido, es decir, por ser, innegablemente, una "comedia ligera".

La historia es la del Tenso (Suar) quien, no pudiendo aguantar la "mirada negativa sobre el mundo" que tiene su mujer la "Tana" Ferro (Bertuccelli), decide separarse. Lo que le ocurría a la Tana estaba claro: no trabajaba y era un poco despierta. El Tenso, en cambio, llevaba una vida estructurada acorde a su débil personalidad, lo que lo lleva a buscar una solución extraordinaria para poder animarse a divorciarse de su mujer. Tenso le busca un novio para que ella se enamore y sea la Tana misma quien decida separarse. Sin embargo, la película expone todo tan livianamente, que de entrada se ve que la justificación del divorcio es burda y solucionable, y que la relación, si bien es tirante, no es "imposible". Además, a pesar de lo anterior, la construcción del personaje del Tenso (y no me refiero a la interpretación de Suar) es tan poco dramática que necesariamente resta credibilidad al filme entero. No ocurre esto con Valeria Bertuccelli, el pilar esencial de la película, tanto por su destreza en la comedia como por su fresco realismo (esto desde el guión, sin duda) que escapa a lo forzado o estúpido de los personajes de Suar y Goity, quien actúa bien pero funciona más como un constructo expresamente diseñado para una comedia -a lo Tonto y Retonto.

En suma, volvemos a encontrarnos con un producto de consumo masivo, de esos que se saben horribles, pero se saborean como unas papas fritas aceitosas.
Nuevamente, lo simple es lo fácil. Sugiero que esperemos a su estreno en Telefé.
Por favor, las películas que sólo "entretienen" sólo sirven para refugiarse de la lluvia.

Hernán A. Manzi Leites

jueves, 7 de agosto de 2008

DISCO PARA ESCUCHAR y ver qué tal

"In-A-Gadda-Da-Vida", Iron Butterfly.

LA OTRA BOLENA

(Puntaje: 6)

Decir historia "tergiversada" es una tontería. La historia es creación humana, así que descartemos de entrada que una película pueda ser "mala" por no representar la historia como fue. Y, en vistas del puntaje que otorgué al filme, no lo hago como defensa de The Other Boleyn Girl (menos con Portman y Johansson encabezando el elenco... ¡y Eric Bana de Enrique VII!), sino como defensa del género histórico.

Ay, ay, cómo comenzar... el género histórico no es un género a menos que de sí mismo se haga historiografía. ¿Por qué no podría ser, digamos, un drama o una comedia? Sin embargo, tendemos a agregarle conceptos a la definición de género histórico (historia+drama+espionaje en la corte del Rey Arturo) y no al revés, o el concepto de historia por sí solo. La historia tiñe todo el fondo, y su contemporaneidad es, por ende, relativa: es sólo pasado. Pocas películas logran que leamos la historia desde un punto de vista más allá de lo contemplativo (el pasado monumental o anticuario). La otra Bolena, diría que por fortuna, no intenta reflejar la historia "real" con sus personajes altamente telenovelescos, básicamente su principal transgresión (no su originalidad).

Scarlett y Natalie (Mary y Anne Boleyn) son hermanas que pueden llegar a disputarse, mediante sus contactos reales (su tío, en esencia), el corazón de Enrique VIII. El corazón late de poder. En este nudo, saltarán la inteligencia, el odio, la devoción... en términos muy explícitos y muy simples. El giro argumental más bien no abrupto funciona en el engranaje de la historia toda, y se sabe que su desenlace son un par de cabezas cortadas. Evidentemente, el director (Justin Chudwick) y los guionistas debían contar con que el público -el público inglés ni hablar- conoce el relato de cómo el rey Enrique VII decapitó a Ana Bolena habiéndose separado de la iglesia de Roma y creado la iglesia anglicana sólo para poder divorciarse de Catalina de Aragón. Quizá el hecho de que en el filme se haya apostado por una puesta "seria" y lejanamente "teen" pero extremadamente efectista y burda pudo ser sostenida por la sólida actuación de Natalie Portman. Scarlett era la boba, enamoradiza. Siempre lo fue, qué importa. Eric Bana como sex symbol, perdón, como el Rey de Inglaterra.

En síntesis, una superproducción inútil y una historia "light" con bofetadas y partos.

Escuchar "The six wives of Henry the VIII", de Rick Wakeman, requiere de un trabajo intelectual para adivinar la historia como concepto. En La otra, la Historia importa poco (ya excesivamente poco) y uno tiene que pagar entradas caras.

Hernán A. Manzi Leites

sábado, 2 de agosto de 2008

LA MOMIA, LA TUMBA DEL EMPERADOR DRAGÓN

Hay películas que son malas. Otras, son pésimas.